La importancia de la escucha
la lucha por estar bien, me termino congelando aun más
Es curioso cómo, cuando nos descongelamos tantito, aparece una urgencia por salir corriendo y “hacer algo ya”.
Como si sentirnos un poco mejor fuera una señal para acelerar, no para escuchar.
Y me doy cuenta de algo incómodo pero honesto: muchas veces uso mis recursos, mi energía y mi esfuerzo en dirección contraria a donde realmente deseo estar.
No porque quiera sabotearme, sino porque mi cuerpo aprendió, durante años, que la calma no era segura.
Para mí, estar tranquila —presente, disfrutando un café, mirando el parque— estaba asociada a depresión, a no avanzar, a no ser suficiente.
La calma se sentía peligrosa para mi sistema nervioso.
Hoy veo con más claridad que esa asociación no nació en mí, sino en creencias heredadas: que el éxito es friega, que parar es rendirse, que descansar es quedarse atrás.
Y nunca me pregunté algo tan básico como esto:
¿tengo hoy la energía para vivir de esa manera?
Todo inicia por la energía.
No por la motivación.
No por la disciplina.
Por la energía disponible.
Ni un celular funciona con 0%.
¿Entonces por qué nos exigimos vivir en 5% o 10% todos los días?
Salir a la terraza “a trabajar” cuando no hay energía no es disfrute, es drenaje.
Lo sé porque yo también estuve ahí: en el mismo café, en el mismo lugar, pero sin presencia. Solo usando el espacio para no colapsar, no para nutrirme.
Hoy, cuando me permito sentir la brisa, el sol en la piel, el calor del café en el cuerpo, algo cambia.
No porque haga más, sino porque estoy aquí.
Y en esa presencia —más lenta, más tibia, más amable— aparece una satisfacción profunda, silenciosa, real.
Entonces te propongo algo distinto.
No hacer más afuera.
Sino crear un poco más de seguridad adentro.
Pregúntate con honestidad:
¿Cuánta energía tengo hoy realmente?
¿Qué necesitaría mi cuerpo para sentirse un poco más seguro?
Si pudiera subir mi energía solo un 5–10%, ¿qué cambiaría?
Tal vez no es producir más.
Tal vez es pausar sin culpa.
Si hoy estás leyendo esto, te invito a algo sencillo:
toma el café.
siente la silla.
nota la ropa sobre tu piel.
mira a tu alrededor.
No para arreglarte.
No para mejorar.
Solo para estar.
Observa qué cambia en ti cuando te das un momento de atención sin juicio.
Y si este gesto se volviera un pequeño ritual diario,
¿qué crees que podría empezar a moverse en tu vida?
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Aquí no hay prisa.
Estás regresando a casa.